La verdad no sé cómo llegué a esta pared. Me percaté hace unos momentos que estoy colgado en una pared blanca que se extiende hasta una ventana que abarca la mitad de la pared vecina a la mía. Al frente, otra pared blanca, donde veo a otro condenado, también colgado, que está todo amarillo por el paso del tiempo y el sol citadino. Puedo percatarme que, antes de ser un cadáver muerto en una pared, fue un árbol, unas plantas, etc. A mi derecha, en mi pared, hay otros colgados: primero un ex-árbol con sus filos quemados y unas letras en negro que dicen algo, más allá otro que fue árbol pero que en su superficie se traza un dibujo colorido. Ambos se sostienen de manera cruenta por una cinta pegajosa. Debo agradecer a Dios que yo no esté igualmente colgado, prefiero sostenerme por mis propios medios gracias a un clavito que sale de mi pared. A mi izquierda, una pared de unos sesenta centímetros es la vitrina de otro colgado, muy parecido al del frente, que tiene en su superficie un rostro en blanco, unas letras y una estrella roja. ¡Ay, Dios! Esa estrella es comunista, ¿dónde viene a parar? Desesperadamente trato de arrancarme, temiendo lo peor, pero el colgado de al frente me detiene con sus palabras.
— Hola, me llamo Harley. No temas, que aquí no somos comunistas. Sólo es un póster.
— ¿Un póster?
— Sí, un póster. ¿Por qué te sorprendes? No eres de por acá, ¿verdad? Déjame adivinar, ¿eres del sur?
— Sí, de un pueblito perdido en la cordillera en la séptima región. Lo último que recuerdo es que estaba pastando tranquilamente cuando un golpe a traición me dejó noqueada.
— Suele suceder. Yo, en cambio, vivía tranquilo en una selva, más allá de la cordillera…
Harley me contó que antes era un hermoso árbol que habitaba en la selva amazónica. Me instruyó sobre las razones por las que estamos ahora aquí, colgados. Me dijo que no debo preocuparme más que de los rayos del sol y de morir viendo las mismas cosas para siempre. Los otros colgados están inconscientes. Harley dice que de a poco van a ir despertando, como me pasó a mí, y que antes tuvo varios amigos, pero que todos se han ido.
La habitación en la que me encuentro es toda de blanco. El techo es blanco también y con una textura rugosa, por lo que puedo ver. A ambos lados de las ventanas se colocan dos cortinas rojas y otras dos blancas, que son como nuestros guardias, nos protegen del sol, del polvo y del ruido. Ambos pares de cortinas me han dicho que han estado siempre, desde los inicios de la creación. Ellas vieron esta habitación vacía y vieron llegar a los diversos colgados durante todo este tiempo. También vieron llegar a los muebles, como la cama que se extiende paralela a mi pared, cuya cabecera está en oposición a la ventana y tiene tras suyo un velador de un café barnizado. La pared que se encuentra a mi derecha me impide ver más allá, pero imagino que ahí se encuentra la puerta (que también debe ser blanca) y los closets. Debajo de mí está una silla que tiene una cuanta ropa encima. Por el suelo se encuentran diversos objetos que me hacen pensar que es la habitación de un joven. Todos los muebles y objetos conscientes me dan una grata bienvenida, me cuenta su historia antes y después del gran desmayo y me animan para que no caiga en las nostalgias de extrañar mi hogar. Ahora eres de aquí, amigo, no puedes ni debes extrañar tiempos idos, nosotros seremos tus amigos, tu familia. Además, con el tiempo te vas a dar cuenta que no es tan terrible ser un condenado.
— ¿Cómo te llamas, hijo? –me pregunta el par de cortinas rojas, que, como buenos dioses arcanos, no tienen nombre alguno por el cual llamarlos.
— Sí, dinos tu nombre. –interfiere la silla –No, mejor presentémonos nosotros primero, porque así lo pide la cortesía. Mi nombre es C., como me decían antes de despertarme en esta habitación.
— Yo me llamó L. –dijo la cama y se quedó callada.
— Mucho gusto, me llamó P. –dijo el póster a mi izquierda.
Uno a uno fueron presentándose muy cordialmente, incluso aquellos pequeños objetos en los que no había puesto atención. Todos daban voces de alegría mientras cada uno se presentaba, como celebrando mi llegada o como tratando de no llorar. Cuando ya todos se presentaron, Harley alzó la voz y dijo:
— ¿Y tú, cómo te llamas? ¿Qué eres? Nos pareces un objeto extraño.
— Yo… este… bueno… Yo… –no sabía qué decir, antes no me interesaba cómo me llamaban, yo sólo pastaba. Pero ahora, ahora ni siquiera sé qué soy. Dios mío, ¿qué hago? –A mí me decían Clara, mi vaquita querida. Pero ahora dudo si realmente me querían. –Todos se echaron a reír –Y con respecto a qué soy no sabría decirles.
Un silencio total invadió la habitación. Todo me miraban, como buscando descubrir qué era. Las cortinas se cerraron, la silla no alzó más su vista, la cama ya ni siquiera me veía. Sólo Harley me miraba con compasión. Yo había visto a alguien como tú en la tienda en la que estuve antes. Te usan en la cabeza, imagino que para proteger del sol, pero aquel que vi hace tiempo tenía otra forma y otro color. Pero tu color negro es hermoso…
Harley siguió hablando pero no lo escuché más. Antes, cuando pastaba en el campo, nunca me había interesado saber qué soy, vivía feliz rumiando incansablemente aquel buen pasto que me daba mi amo. Pero ahora, ahora todo era distinto. Ya no comía, ya no andaba, ya no sabía si era Clara, ya no sabía si era o no una vaca, menos si alguien me quería. Todo se me fue a negro. De pronto una voz ronca me sacó de mis pensamientos. Era el velador. Pensé que no estaba consiente porque no se había presentado, pero ahora estaba hablándome.
— Te llaman sombrero. Te usan tanto cuando llueve como cuando hace sol. Pero no temas, que este joven no te ha de usar, sólo le gustas por tu textura aterciopelada y tu color negro. Bienvenido.
Un sombrero, qué es un sombrero. Yo no soy un sombrero. Tampoco soy ni fui vaca. Por lo que me ha ocurrido creo que tampoco soy Clara. Entonces, ¿qué soy? Que no me llamen ni vaca, ni Clara, ni sombrero, que no me llamen. Antes no era nada, cuando inconsciente estaba, pero ahora soy y no sé qué. Ahora entiendo mi condena, ahora entiendo por qué estoy colgado.
Rechina la puerta, se acerca a mí una mano y me toma. Me descuelga y comienza a acariciarme. Me pone en su cabeza y nos dirigimos a otra habitación. Colgado en una pared está mi reflejo y el reflejo de aquel, que sonríe. Estoy sobre su cabeza, soy negro, ya no parezco vaca, mi reflejo ha cambiado. Pero yo no soy aquello que veo, ni soy lo que recuerdo que fui. Yo soy… un condenado.